Cronista cogió la pluma, y Kvothe empezó a hablar antes de que la hubiera mojado en el tintero.
-Tenía los ojos castaños. Oscuros como el chocolate, como el café, como la madera lustrada del laúd de mi padre. La cara era blanca y ovalada, como una lágrima.
De pronto Kvothe se interrumpió, como si se hubiera quedado sin palabras. El silencio que se produjo fue tan repentino y tan profundo que Cronista levantó brevemente la vista de la hoja, algo que todavía no había hecho nunca. Pero en ese preciso instante, Kvothe empezó a hablar de nuevo:
-Su sonrisa podía parar el corazón de un hombre. Tenía los labios rojos. No era el rojo chillón, artificial, que tantas mujeres creen que las hace parecer deseables. Sus labios siempre estaban rojos, de día y de noche. Como si minutos antes de verla tú, hubiera estado comiendo bayas o bebiendo sangre.
>> Estuviera donde estuviese, siempre era el centro de todas las miradas. -Kvothe frunció el ceño-. No me interpretéis mal. No quiero decir que fuera llamativa, ni vanidosa. Si miramos el fuego es porque parpadea, porque resplandece. Lo que atrae nuestra mirada es la luz, pero lo que hace que un hombre se acerque al fuego no tiene nada que ver con su resplandor. Lo que te atrae del fuego es el calor que sientes cuando te acercas a él. Con ella pasaba lo mismo.
Mientras hablaba, la expresión de Kvothe iba cambiando, como si cada palabra que pronunciaba lo hiriera más y más. Y aunque las palabras eran claras, encajaban con su semblante, como si cada una la rasparan con una áspera lima antes de salir de sus labios.
-Era... -Kvothe tenía la cabeza tan agachada que parecía que hablara con sus manos, recogidas sobre el regazo-. ¿Qué estoy haciendo? -dijo con voz débil, como si tuviera la boca llena de grises cenizas-. ¿Para qué puede servir esto? ¿Cómo puedo explicárosla si yo nunca la he entendido?.
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