Encontrar otro mundo -dice- no es únicamente un hecho imaginario. Puede ocurrirle a los hombres. Y también a los animales. A veces las fronteras se deslizan o se confunden: basta con estar allí en aquel momento. Yo presencie como le ocurría esto a un cuervo. Este cuervo es vecino mio. Jamas le he hecho el menor daño, pero tiene buen cuidado en mantenerse en la copa de los arboles, volar alto y evitar a la humanidad. Su mundo empieza donde se detiene mi débil vista. Ahora bien, una mañana, nuestros campos se hallan sumidos en una niebla extraordinariamente espesa, y yo caminaba a tientas hacia la estación. Bruscamente, aparecieron a la altura de mis ojos dos alas negras y enormes, precedidas de un pico gigantesco, y todo se alejo como una exhalación y con un grito de terror como no espero a oír uno en mi vida. Este grito me obsesiono toda la tarde. Llegue hasta el punto de mirarme en el espejo, preguntándome que habría en mi de espantoso . . .
Por fin comprendí, la frontera entre nuestros mundos se habría borrado a causa de la niebla. El cuervo que se imaginaba volar a su altura acostumbrada, vio de pronto un espectáculo sobrecogedor, contrario para el a las leyes de la naturaleza. Había visto a un hombre que andaba por los aires, en el corazón mismo del mundo de los cuervos. Había presenciado una manifestación de la rareza mas absoluta que puede concebir un cuervo: un hombre volador. . .
Ahora, cuando me ve desde arriba, lanza unos pequeños gritos, y yo descubro en ellos la incertidumbre de un espíritu cuyo universo se ha desquiciado. Ya no es, ya no volverá a ser jamas como los otros cuervos. . .
By Loren EiseleyPrecioso . . .
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